La última sesión de la temporada del Club de los Cuentistas fue, sin duda, la más frenética. Dedicada a los cuentos mínimos —un minuto como máximo, sin apenas excepciones—, reunió a unas catorce personas que se lanzaron al ruedo con una energía que no fue menguando hasta el final.
Las rondas se sucedieron a buen ritmo. La mayoría de quienes participaron no se quedaron en uno: algunos contaron hasta una docena de microrrelatos, aprovechando cada turno para intentarlo de nuevo, con otra historia, otro remate, otra sorpresa. El humor fue la nota dominante, aunque no el humor fácil: abundaron los finales inesperados que dejaban al público con la risa a medias y el pensamiento en marcha.
Hubo de todo: quien eligió enunciar, en cada ronda, una ley universal, de esas que uno reconoce al instante porque las ha vivido sin haberlas formulado nunca; quien apostó por el absurdo más descarnado, construyendo pequeños mundos sin lógica aparente que, sin embargo, tenían una coherencia propia. Y entre los cuentos propios se colaron también los de algunos maestros del género: Monterroso, Millás, Shua, Galeano, autores que en pocas líneas lo dicen todo y que en voz alta suenan todavía mejor.
Fue, en suma, una sesión para recordar. Y para esperar con ganas la vuelta en octubre.
